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ANTONIO J. MOLINA

CRITICO DE ARTE, AICA DE PARÍS

LA OBRA DE JORGE ROZO Es un derroche de color que nos entusiasma porque este pintor se ha adueñado del sol. ¡Qué dominio del dibujo y modelado!, tanto cuando se refiere a la figura del ser humano como cuando nos presenta a esos piafantes caballos, y el embrujo de sus paisajes y marinas. Fabrica un paraíso con lo que sus pupilas captan y su espatula trabaja; es un genuino canto a la creación y a todo lo que le rodea porque se ve enamorado de la vida.

Deslumbra la brillantes de sus"cromas" exaltando cada detalle de la naturaleza y muestra ternura cuando se detiene con cariño ante el concepto de la maternidad, única en el universo.

La obra de Rozo es prodiga en interpretaciones, es despertar relaciones con hechos y sujetos. ¡Cómo luce una madre al sol con su niño a cuestas!, ¡como el aire pone en movimiento las crines de un equino que corre al galope!, ¡como el remolino de las olas las lanza a la costa como retozando con ellas!. Esas interpretaciones, repito, con todos los colores del arco iris en conjugación fantástica y novedosa nos hermanan con la naturaleza haciéndonos parte integral de ella. Lo que hace avanzar un paso al arte, es en primer lugar, la existencia de un buen artista como el que ahora presentamos, capaz de abrir nuevos caminos, nueva formula y visión del lujuriante color, nueva osadía en el dibujo como la de Rozo.

La nueva estética se difunde y generaliza gracias a los maestros, no a los imitadores. En esta muestra tenemos un buen ejemplo de cómo el artista sabe liberar la figura humana, hace de las suyas al retratar el agua frente al acantilado, le otorga una fuerza interior sublime a la noble bestia del caballo, en fin juega con gran audacia y saber, al mostrarnos una ventana de color y de vida. Sus pinturas son piezas de museo, son prácticamente lecciones de arte.

Este pintor es un mago, un orfebre de una mística joyería. Convierte el mar en zafiros y esmeraldas a través de su color; el rojo de algunos troncos de sus árboles semejan con el sol un refulgente rubí; el pelaje de los caballos semejan al topacio, y las voluptuosas carnes de las mujeres negras que portan a sus crías, simulan el color de la amatista les aseguro que nunca he visto tanta imaginación en su teoría del color, las marinas son algo excepcionales que no es poco decir.

Todas las experiencias plásticas aparecen tratadas exitosamente con un trascendente y convincente verismo. Cada uno de sus cuadros presenta algún fragmento esencial de este mundo que quiere ser real, pero con un toque magistral, que es lo mínimo que decir: de un maestro.

¡LE FELICITO!

 

 
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